Experiencias de adoptantes. Elena: «Ha sido un proceso largo, no siempre fácil, pero ha resultado increíble»

En este apartado os contamos la experiencia de un adoptante de Zarpas y Colmillos. Con sus vivencias, quizás podamos animar a alguien a adoptar y concienciar sobre la responsabilidad de abrir nuestra vida a un animal. Son historias reales de gente normal que tomó esa importante decisión. Hoy os presentamos a Elena, que adoptó a Pandora para darle todo el amor que merecía.

En nuestra casa teníamos dos gatas, una negra que criamos de bebé, recogida en la calle y otra blanca y gris, que adoptamos en una protectora buscando una hermana a la primera. Lamentablemente la negra murió y después de un largo luto, el amor extra que teníamos por los peludetes seguía ahí. Estuvimos mirando algunas protectoras. De la que vino la blanca no estaba mal, pero tras la adopción no volvimos a saber de ellos, ni siquiera cuando les mandamos unas fotos de la gata ya integrada. Como decía, teníamos espacio para un nuevo gatete y miramos otras protectoras, así encontramos a Zarpas.

Me volví loca valorando opciones. Aunque nos encantan los gatos negros (que no dan mala suerte, dan amor, prometido), no podíamos tener otra gata negra tan pronto; entonces descubrimos a las gatas carey. No son negras, pero tienen un pelaje increíble, una leyenda y una fama que hace que no las adopten con facilidad. Ahí nos lanzamos.

Entre las candidatas carey que ofrecía Zarpas quedaron de finalistas dos: Joaquina y Pandora. La elección no fue fácil, la gata que teníamos en casa ya era adulta y siempre había sido muy tranquila y dudábamos entre una más tranquila y otra más joven. Al final nos decidimos por Pandora. Fuimos a conocerla a su casa de acogida, especialmente nerviosos porque con nosotros vivía una amiga que, aunque no tenía miedo, sí que tenía respeto a los gatos. Primer punto del día, qué tal le caíamos a la gata. Segundo punto del día, qué tal funcionaba con nuestra amiga.

Tras otra visita más, vimos que podía funcionar. Nos lanzamos. Unas voluntarias la trajeron a casa y el principio fue complicado. Las primeras semanas fueron durillas, pero poco a poco la situación se normalizó. Pandora tenía un pasado traumático, con un adoptante que no la había tratado bien. De hecho, no le suelen gustar los señores.

Resultó que Pandora era (es) un torbellino de energía, uno que no se entendía con su nueva hermana. A día de hoy, tres años después, sigue agotándonos completamente con sus juegos y su necesidad de atención. La diferencia es que ahora, a veces, juega con su hermana. Y su hermana con ella, que, aunque parezca obvio, no siempre es así.

Su tiita, nuestra amiga, se la ganó de la mano. El camino fue lento, pero tiita descubrió que con un plumero por medio eran superamigas. No sabemos muy bien cómo, pero nadie ha sabido jugar con el plumero igual de bien. El plumero es de tiita, tú quita que no sabes.

Decíamos antes que no le gustan los señores, eso sigue siendo verdad, pero poco a poco descubrió que los señores no, pero papá no estaba mal. Papá será un señor, pero al menos es mi señor. O algo así. Ahora sólo tiene ojos para papá. Ama a papá. Adora a papá. Se enfada cuando papá sale tarde de trabajar porque qué horas son estas, que es mi turno, corcho.

Pandora ha resultado un terremoto de amor, pelos y exigencias. Nos manda a la cama a nuestra hora (y las que lía como no nos vayamos) porque esa es la hora de los mimos, de tumbarse sobre nosotros y ronronear. Dejadnos que nos expliquemos, a veces ponemos música o un podcast por la noche, pero si Pando está ronroneando lo tenemos que parar, no lo oímos.

Otra cosa complicada es leer o jugar con el móvil, siempre va a quien menos fácil lo tenga. Y no es que reclame, es que entra como un tren de mercancías sin frenos y no hay más opción que rendirse y darle mimitos. Al rato se tumba (sobre quien toque) y entonces podemos seguir con lo que estuviéramos haciendo, pero siempre esquivando una patita estirada, por que la niña está cómoda así y tal vez tienes que leer con una patita apoyada en la mejilla o en la palma de la mano que esté sujetando el libro. Así es ella, cómo le vamos a decir que no.

Todo esto se lo hemos ido contando a algunas voluntarias de Zarpas porque, aunque a día de hoy es 100% nuestra, Zarpas siempre ha estado ahí, preguntando, interesándose por el bienestar de Pandora, pendiente de ella. Es justo esto lo que me encanta de Zarpas, nunca se desliga completamente de los animales que han estado a su cargo, no pasan página y le dejan a su suerte, siempre están ahí. Para el animal y para el adoptante que pueda necesitar ayuda, siempre disponibles, siempre en guardia. Como Pandora, que nos tiene vigilados 24/7 porque para algo somos sus papás y no vaya a ser que nos pase algo (como perdernos de camino al baño).

Ha sido un proceso largo, no siempre fácil. Pandora no es una gata “a estrenar”, ha tenido sus historias y eso la ha condicionado, pero el resultado ha sido increíble. Con paciencia y amor hemos aprendido a funcionar. Tal vez con un gato bebé habría sido más fácil, pero desde luego no habría sido tan satisfactorio.

¡Muchas gracias, Elena por compartir tu experiencia como adoptante y gracias por adoptar!

Si has leído hasta aquí quizá sea porque también quieres vivir esa experiencia y estás pensando en adoptar a alguno de nuestros zarpitos/as. Si crees que estás preparado/a para esa responsabilidad, puedes consultar los animales de nuestra protectora que están esperando una familia que los quiera para siempre.

También puede ser que te hayan entrado ganas de ser casa de acogida, en estos momentos son más necesarias que nunca, ¿nos echas una zarpa acogiendo a un peludo? 

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