Perros y mudanzas. Me cambio de casa ¿Cómo afecta a mi peludo?

Lola es una perra mestiza de tres años y lleva año y medio en su primer hogar. Allí ha enterrado sus miedos y ha aprendido a hacer amigos, a sentarse, a tumbarse, a traer la pelota (a veces) y a abrir el cubo de basura en busca de sorpresas. Un día sus padres adoptivos empezaron a meter esa casa impregnada de seguridad en cajas. Se movían nerviosos de un lado al otro, sin mirarla y casi sin sacarla a la calle. Poco a poco, esas cajas y esos olores fueron desapareciendo. Lola se hizo un ovillo y empezó a chuparse las patas.

Mudarse es una de las situaciones más estresantes a las que tiene que hacer frente un humano, pero no solo lo es para nosotros. A la hora de cambiarse de casa hay que gestionar nuestros nervios y también darnos cuenta de que a nuestros animales les supone un motivo de estrés. Ellos, además, no saben lo que está ocurriendo. La adiestradora canina Sammy Alexandra Arenas lo explica así: “Ellos notan el cambio desde antes, te ven moviéndote constantemente, las cajas, los preparativos, lo detectan y empiezan a estar más nerviosos”.

Cada perro, una historia

Las mudanzas no afectan a todos los perros por igual, depende de su edad y su equilibrio emocional. Un cachorro, explica Sammy, es más sensible al cambio porque, más que nunca, el humano es su referente. Los perros que no han aprendido a gestionar bien su estrés también corren el riesgo de mostrar comportamientos anormales. Son esos animales que, por ejemplo, tienen picos de hiperactividad, frente a otros más tranquilos y equilibrados. Como ocurre siempre en la psicología animal (y humana) no hay una regla para prever cómo afectará el cambio a nuestro compañero de cuatro patas, aunque sí se pueden poner medidas para que lo lleve lo mejor posible.

Técnicas para hacérselo más fácil

Sammy y Marcos González, adiestrador canino de EDUCAN, recomiendan llevar a nuestro perro a la casa unos días antes de la mudanza para que se vaya acostumbrando. Hay que dejarle que huela la nueva vivienda, que la reconozca en un ambiente tranquilo, que investigue cada rincón. Si vamos llevando cajas, mejor que contengan cosas con olor a nosotros y a nuestro amigo, como sábanas, ropa, juguetes o su cama. Podemos irlas sacando y distribuyendo por la vivienda para que vaya cogiendo esos olores que le dan seguridad. La clave, resume Marcos, está en “positivizar” la casa nueva, que sea un lugar en el que el perro quiera estar. Una buena técnica sería hacerle trabajos de olfato, poniéndole premios repartidos por las habitaciones. También encontrar unos minutos para sentarnos y pasar un rato relajado con el animal.

Para la primera noche, la adiestradora aconseja hacer ejercicios de olfato durante el paseo vespertino. Es decir, llevar trocitos de comida (cachitos de premios o una salchicha cortada en trozos muy pequeños) y echarlos por el suelo para que el perro los busque, mejor en la hierba o algún sitio donde tenga que usar mucho la nariz para encontrarlos. Veinte minutos de olfateo cansan a un perro como una hora de ejercicio y tranquilizan su mente. Le ayuda de esta manera a encarar las situaciones de estrés.

Conviene estar atento a nuestro perro y a sus gestos para detectar un posible nerviosismo. Un síntoma de que algo no va bien sería que se chupase las patas sin razón, equivalente a morderse las uñas en los humanos. Tras la mudanza es recomendable volver rápido a la rutina de comidas y salidas. Marcos recomienda “paseos tranquilos” por el nuevo barrio, es decir, no exponerle a situaciones de sobreestimulación los primeros días en lugares con mucha gente o mucho ruido.

¿Qué le pasa a mi perro?

Es probable que después del cambio nuestros animales tengan comportamientos nuevos, incluyendo diarrea los primeros días. Los más comunes son hacerse pis y caca en casa, destrozar objetos o ladrar a cada ruido. Estos problemas de higiene, comenta Sammy, se pueden deber a un intento de hacer el territorio más suyo, imprimir su olor en la nueva casa y “sentir que pertenecen a ese sitio”. También, según Marcos, a la ansiedad del nuevo entorno, en cuyo caso sería un acto involuntario e incontrolable.

En esa situación solo se le podría regañar si al perro se le caza “in fraganti”. De lo contrario, puede asociar la reprimenda a cualquier otra cosa que se le pasa por la cabeza. “Enfadarse es algo que no se debe hacer bajo ningún concepto”, resume Marcos, porque “es imposible, y esto está demostrado científicamente, que el perro relacione la acción con el castigo”. Lo mejor es limpiar sus regalitos sin que esté delante para verlo y sin darle importancia. “Yo lo metería en el baño, por ejemplo, recogería el pis y haría como si nada”, aconseja Sammy.

Si destroza objetos hay que armarse de paciencia. Seguramente elegirá los que tienen más olor a sus padres humanos (ropa o zapatos, por ejemplo). Y es que, según la adiestradora, mordisquearlos “es una forma de tenerte cerca: tú eres la persona que le guía y le calma”. Enfadarse entonces es igual de inútil.

En el caso de que al perro le de por ladrar mejor ignorarlo en un principio, es normal ante el cambio. A no ser que los ladridos no remitan en una semana y además se produzcan por una conducta habitual, es decir, un ruido que se repetirá todos los días como el pasar de los vecinos. Entonces sería mejor tomar cartas en el asunto e irle educando siguiendo un método de refuerzo positivo, a poder ser con la ayuda de un profesional, coinciden los dos adiestradores.

Los ladridos incontrolados o la rotura de objetos al quedarse solo mostrarían un problema de “hiperapego”, destaca Marcos, para lo que sería buena idea trabajar que el perro se quede solo y relajado en una habitación mientras nosotros estamos en otra, ayudándole con juguetes o huesos que pueda roer. Si al animal le resulta muy difícil, se podría atar el hueso a una cuerda para que se lo tenga que comer en esa estancia, alejada de nosotros.

Cambio = Oportunidad

Pero las mudanzas no solo suponen un reto en negativo. Sammy destaca que pueden ser una oportunidad para reeducar a nuestro compañero. El cambio es un momento perfecto para empezar de nuevo y atajar malos hábitos, como un perro que ladra con el sonido del timbre o el trajinar de los vecinos. “Hay que aprovechar para cambiar conductas que hacía en la otra casa”, resume la adiestradora, lo que nos da un motivo más para ilusionarnos con nuestra nueva vivienda.

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